10 de Febrero 2004

12. Mayumaná

Como se deducía del post anterior, el fin de semana ha sido especial por ser el primero en mucho tiempo en el que el reloj no tenía agujas y al mirarlo siempre decía “Don’t worry”. Yo he marcado la velocidad y siempre he llegado a tiempo a donde he querido llegar.

No daré muchos detalles de lo ocurrido hasta que os explique la creación de un nuevo espacio en Ciudad- Mi propio mundo. Todo ha transcurrido de una forma normal para la gran mayoría de ciudadanos de Ciudad- Mi propio mundo pero para mí, la anormalidad de mis oficios me han hecho disfrutar de la rutina común como si yo hubiese sido su creador.

Solo sensaciones.

El viernes noche degusté mi primero botella de vino (sin mezclar con cola). Se estará acabando ya mi juventud?. Por suerte para los presentes, la crueldad de la camarera no se excedió y viendo mi sonrisa nerviosa por lo que podía pasar, se limitó a llenarnos las copas sin obligarme a aparentar un desastroso enólogo con gafas sucias y nariz taponada.

El sábado, a pesar de mi maltrecho estomago (sería el coctel de gambas del día anterior?), disfruté de las buenas compañías.

El domingo se produjo la creación de un nuevo espacio en Ciudad- Mi propio mundo: “Espacio teatro- Cultura para ricos” (algún día explicaré el por qué de este bautizo). Allí pude experimentar la belleza de un gran espectáculo que a ritmo de Coca- Cola al limón que sorprendió gratamente mis expectativas.


Me chocó ver a tanto niño ocupando la sala pero me dejó más atónito aún lo bien que se portaron. Nada que ver con la sensación de ver una película de Walt Disney en un multicine de barrio. Será que las palomitas contienen algún componenete psicotrópico extraño que hace efecto al sonido “Muuuuuuuvirecor, titin tintin tití” en épocas navideñas y que los transforma en pequeños y abominables Mr. Hide? o será que los niños ricos agradecen con buenos modales que sus padres paguen 35 € por vestirlos de club náutico y en vez de llevarlos a sufrir al Camp Nou con un bocadillo de chopped, les inicien en el maravilloso arte de las percusiones surgidas de aporrear latas vacías y cubos de basura? Que el que nos tenga que coger confesados espabile por que el Paracetamol va a ser la droga más buscada por estos descerebrados padres en un futuro no muy lejano.

Después de esta reflexión tenebrosa y apocalíptica (Papa, quiero que me compres un cubo de basura para ser como los del Mayumaná!!!), me centraré en la obra.

Como ya he dicho antes, fue bastante sorprendente (por lo menos para mi) lo que ofreció esta compañía israelí, famosa por el dichoso anuncio de esa bebida de cola que lleva limón (aunque a juzgar por las caras que ponen cuando la beben, aún tengo mis dudas de que no sea del mismo fabricante que hace las palomitas navideñas). Me esperaba un grupo de personas aporreando durante hora y media diversos instrumentos de percusión como si fuesen una tribu africana y yo en la silla, con cara de explorador que va a ser comido por caníbales, de esos que salían en las películas antiguas en las que aún Tarzan era de blanco y negro y se montaba en elefantes en vez de querer conducir un Golf. Pero no fue así.

Los temas, canciones, scketches (nunca sabré como se escribe esta palabra) o como se quiera llamar a cada actuación que ofrecían (desde ahora los llamaré “temas”) duraba lo suficiente para engancharte y no levantarte dolor de cabeza.


Una de las cosas que más me gustó fue como entrelazaban un tema con otro. Las percusiones empezaban poco a poco, se aceleraban y cuando más locas se volvían más armonía parecían tener. Será eso lo que se llama ritmo, supongo. Cuando acaban empezaba la transición. Entonces el caos estallaba y mediante gritos y ruidos, que duraban escasos 30 segundos, diferenciaban claramente el final y el principio de cada tema. Digamos que este éxtasis sonoro le daba más sentido a las percusiones realizadas.

La mezcla de los “tan tan” con bailes tipo UPA Dance (quizá esta sencillez coreográfica fue lo que menos me gustó) se complementaban bastante bien. Y las dosis de humor clown me hizo recordar los espectáculos callejeros de La Fira del Teatre de Tarrega. Sin duda un gran acierto que aliviaba la seriedad del concierto.

Lo que más me gustó fueron los temas en los que la oscuridad predominaba y las pelotas con pintura florescente bailaban al ritmo que imponían ellas mismas. Todo muy mágico (sin necesidad de palomitas alucinógenas).

La apoteosis vino en un tema en el que un actor-cantante-bailarín se arrancaba acapela con un tema tipo samba brasileña (creo) amenizado por movimientos de capoeira. Bastante impresionante la capacidad física de este tío (que comía de pequeño?).

Al final, después de los obligados saludos al respetable bañados en aplausos, una especie de bis (ya sabéis, el viejo truco del Rock and Roll), con un tema bastante marchoso que nos hizo salir a todos del teatro con un muy buen sabor de boca.

Sin duda, merece la pena ver la originalidad de este espectáculo, siempre y cuando te gusten las percusiones y no vayas con tus hijos.

Escrito por Babel a las 1:08 AM | Comentarios (2)